Yo también tengo mi corazoncito…
El vestido de novia y
un gran brindis, son los sueños legítimos de una niña, pero qué pasa si es una
mujer con discapacidad ¿Tiene el mismo derecho a soñar con una familia? Muchos
ya se han hecho esta pregunta con diversas respuestas, sin embargo, con o sin
discapacidad, la sexualidad es parte integral de la persona que incorpora todas
sus dimensiones: física, emocional, espiritual y social.
Vivimos una sociedad
en la que las personas con discapacidad son blanco de un extraño pensamiento
lleno de tabúes y mitos, que muchas veces, deshumanizan a la persona con
discapacidad. Quiero abordar lo que
respecta a la sexualidad en medio de dicho pensamiento.
Vale la pena recordar
que antes de la discapacidad está la persona, donde la sexualidad es un
componente esencial de la misma. San Juan Pablo II nos dice “Cada hombre es,
por consiguiente, un ser sexuado, y la pertenencia a uno de los dos sexos
determina una cierta orientación de todo su ser, orientación que se manifiesta
en un concreto desarrollo interior de él”.
Es así como la
persona con discapacidad, ser sexuado, necesita un adecuado ejercicio de su
sexualidad para lograr vivir plenamente. Ser hombre o mujer determina la vida
de un ser humano y la forma en que llevará acabo el llamado para y por el que
fue creado: AMAR.
Como mujer con
discapacidad que soy, me atrevo a levantar la voz para denunciar dos posturas
que, en mi experiencia, causan un daño irremediable en la persona. La primera
de ellas, ver a la persona como “asexuada”, o mal llamados “angelitos”, es como
romper a la persona y quitarle una parte de ella, además de robarle la
posibilidad de vivir una experiencia humana maravillosa: amar y ser amado en la
entrega mutua y total del matrimonio.
Otra postura,
igualmente devastadora, es reducir la sexualidad de la persona con discapacidad
al mero aspecto de genitalidad, preocupándose solamente por “satisfacer” las
“necesidades” propias del impulso sexual,
y so pretexto de ello recurrir a temas como la sexualidad asistida o la
aplicación indiscriminada de métodos anticonceptivos o formas de
esterilización, incluso sin el consentimiento de la persona con discapacidad,
por mencionar algunos.
En lo personal,
afectada por dichas posturas, abogo por la vivencia de una sexualidad plena,
llena de la afectividad que ella implica y arropada desde el principio por la
experiencia de ser hombre o mujer. Para que esto sea posible, es necesaria una
educación y reeducación sexual que sea trasversal en la persona, es decir que
tome en cuenta los aspectos físicos, sociales, emocionales y familiares de la
persona, y que tenga como principio el inmenso valor de la persona y la
verdad acerca de las implicaciones de objetivizar tanto a la persona como su
sexualidad. A propósito de ello, aprovecho para agradecer a BRIDA su esfuerzo
para que ello sea realidad por medio del TALLER DE SEXUALIDAD PARA PERSONAS CON
DISCAPACIDAD.
Titule este escrito “yo también tengo mi corazóncito” ya que
como persona con discapacidad, necesito se me respete el derecho a ejercer mi
sexualidad plena y responsablemente, y así, tener la posibilidad de hacer
realidad mi más grande sueño, además de vocación: fundar una familia y alcanzar
la santidad en el matrimonio. Yo también deseo amar y ser amada en plenitud.
Andrea Flores Ruiz, 17 de noviembre de 2014.
