lunes, 17 de noviembre de 2014

YO TAMBIÉN TENGO MI CORAZONCITO!!!




Yo también tengo mi corazoncito…

El vestido de novia y un gran brindis, son los sueños legítimos de una niña, pero qué pasa si es una mujer con discapacidad ¿Tiene el mismo derecho a soñar con una familia? Muchos ya se han hecho esta pregunta con diversas respuestas, sin embargo, con o sin discapacidad, la sexualidad es parte integral de la persona que incorpora todas sus dimensiones: física, emocional, espiritual y social.
Vivimos una sociedad en la que las personas con discapacidad son blanco de un extraño pensamiento lleno de tabúes y mitos, que muchas veces, deshumanizan a la persona con discapacidad. Quiero  abordar lo que respecta a la sexualidad en medio de dicho pensamiento.
Vale la pena recordar que antes de la discapacidad está la persona, donde la sexualidad es un componente esencial de la misma. San Juan Pablo II nos dice “Cada hombre es, por consiguiente, un ser sexuado, y la pertenencia a uno de los dos sexos determina una cierta orientación de todo su ser, orientación que se manifiesta en un concreto desarrollo interior de él”.
Es así como la persona con discapacidad, ser sexuado, necesita un adecuado ejercicio de su sexualidad para lograr vivir plenamente. Ser hombre o mujer determina la vida de un ser humano y la forma en que llevará acabo el llamado para y por el que fue creado: AMAR.
Como mujer con discapacidad que soy, me atrevo a levantar la voz para denunciar dos posturas que, en mi experiencia, causan un daño irremediable en la persona. La primera de ellas, ver a la persona como “asexuada”, o mal llamados “angelitos”, es como romper a la persona y quitarle una parte de ella, además de robarle la posibilidad de vivir una experiencia humana maravillosa: amar y ser amado en la entrega mutua y total del matrimonio.
Otra postura, igualmente devastadora, es reducir la sexualidad de la persona con discapacidad al mero aspecto de genitalidad, preocupándose solamente por “satisfacer” las “necesidades” propias del impulso sexual,  y so pretexto de ello recurrir a temas como la sexualidad asistida o la aplicación indiscriminada de métodos anticonceptivos o formas de esterilización, incluso sin el consentimiento de la persona con discapacidad, por mencionar algunos.
En lo personal, afectada por dichas posturas, abogo por la vivencia de una sexualidad plena, llena de la afectividad que ella implica y arropada desde el principio por la experiencia de ser hombre o mujer. Para que esto sea posible, es necesaria una educación y reeducación sexual que sea trasversal en la persona, es decir que tome en cuenta los aspectos físicos, sociales, emocionales y familiares de la persona, y  que tenga como  principio el inmenso valor de la persona y la verdad acerca de las implicaciones de objetivizar tanto a la persona como su sexualidad. A propósito de ello, aprovecho para agradecer a BRIDA su esfuerzo para que ello sea realidad por medio del TALLER DE SEXUALIDAD PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD.
Titule este escrito “yo también tengo mi corazóncito” ya que como persona con discapacidad, necesito se me respete el derecho a ejercer mi sexualidad plena y responsablemente, y así, tener la posibilidad de hacer realidad mi más grande sueño, además de vocación: fundar una familia y alcanzar la santidad en el matrimonio. Yo también deseo amar y ser amada en plenitud.


Andrea Flores Ruiz, 17 de noviembre de 2014.